Una tarde descubrí todo un barrio susurrando, atentos al espectáculo que se convirtió en "la fija" de cada tarde.
Gente paseando a sus perros, buscando algo entre los árboles o espiando tras balcones, puertas y ventanas, de reojo, asombrados, no podian creer aquel descaro.
Fuego y mas fuego, subiendo escalones en segundos. Claro e impostergable, el reloj marcaba la siniestra agonia.
Sin pausa, sin respiro, el límite traspasaba la piel, caricias, besos intensos, sueños, ¡Claro, era fuego!.
Momentos de pasión culminaban en sonrisa, alma libre, confundida, solo pedía vivir enaltecida.
Libertad aparente, sueños truncos, momentos inconclusos, cambios abruptos y otra vez ahi, siempre en el mismo lugar, la señora Terrero, íntegra, apasionada, vuelve a deslumbrarme cada tarde con sus destellos de magia y lujuria. ¡Claro, sigue siendo fuego!.
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